MIS RECETAS

miércoles, 18 de marzo de 2020

EL CONVENTO DE SANTO DOMINGO Y "LEYENDA DEL PEÑÓN DE URIBE"




S/ D. Manuel Mozas Mesa (Jaén legendario y tradicional).

Por una Real iniciativa fue creado el convento de Santo Domingo bajo la advocación de Santa Catalina Mártir. Juan I de Castilla donó la casa que poseía en la ciudad (antiguo palacio de los Reyes Moros), a esta orden religiosa.
La fachada principal de la iglesia es de traza renacentista igual que el claustro, en él se albergaron los profesos de la orden de predicadores que establecieron unos estudios de Filosofía y Teología, a los que el Papa Paulo III concedió, por su importancia estudios universitarios.
En sus "Anales Eclesiásticos" Ximena Jurado dice que en ellos diariamente se leen tres lecciones de artes y dos de Teología, y cobraron tal importancia que en el Capítulo General que la orden dominica celebró en Aviñón en 1561, fue señalado por Estudio General el de Jaén, al que también podían acudir los seglares que quisieran cursar las disciplinas filosóficas o teológicas, y según la Bula Pontificia los alumnos de estos estudios debían ser admitidos a los grados de Doctor, Maestro o Bachiller en las otras universidades españolas.


Siguió brillando este convento de dominicos, en posteriores centurias, como Casa de Observancia y Austeridad y como Foco de Cultura.
Decayó con las leyes Desamortizadoras del pasado siglo, pasando a ser el edificio propiedad nacional en  donde se estableció el Hospicio de Hombres.







EL PEÑÓN DE URIBE




 

Al lado de esta residencia se alzó la casa solariega de los Uribes, de limpia y noble alcurnia, como la proclama el escudo que campea en su fachada.
Junto a la puerta que le sirve de acceso, existió, hasta hace pocos años, un gran peñón, de casi un metro de altura, de forma parecida a un cubo geométrico, que se conocía con el nombre de "El Peñón de los Uribe".
Aún desaparecida esta piedra (Sofía cree que puede encontrase en el patio de una vivienda de la calle Santo Domingo), queda todavía entre el pueblo esta leyenda llena de hermosa ejemplaridad.

"Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, se presentó un año pobre para el campo debido a la sequía; los cultivos estaban agostados y la recolección insignificante; el trabajo agrícola muy escaso.. el hambre se fue adueñando de muchos hogares.
Un jornalero, avecindado en una modesta casa de una de las calles del barrio de San Juan, llevaba más de tres meses sin algún tipo de trabajo.
Para él, el problema era angustioso: mujer, cinco hijos pequeños y un padre anciano; todos esperanzados con su jornal que después de búsquedas no encontraba. Los pequeños ahorros de que disponía la familia se habían agotado.
La miseria imperaba en aquel albergue y pensando en soluciones, el jornalero pensó en llevar a su padre al hospicio; allí tendría asegurado el sustento y él una carga menos que atender.
Y comunicó el propósito al abuelo, que emocionado prestó su conformidad; veía la penuria que motivaba la separación, pero también se le presentaba la triste soledad de aquella casa, refugio de la vejez y de la juventud desamparada.
Tras despedirse de sus nietos, el hijo cargó a sus espaldas el cuerpo decrépito del viejo, pues sus piernas hacía tiempo que le negaron el movimiento, entumecidas por los dolores.
Aunque no era muy larga la jornada, dada la poca distancia que mediaba desde su morada al establecimiento benéfico, sin embargo, el jornalero marchaba despacio y sudoroso por la carga.
Al llegar al Peñón de Uribe, depositó al anciano en él, mientras descansaba unos momentos. Entonces el viejo empezó a llorar con amargura. El hijo conmovido por aquella honda pena, le preguntó la causa, ya que hasta allí se había mostrado tan animoso.
El padre entre sollozos, le respondió:
- Dios, siempre misericordioso y justo, no consiente que nada quede sin sanción en esta vida. Han pasado más de treinta años, eras entonces muy pequeño, que hice con mi padre lo que tú estás realizando en estos momentos. También el pobre se hallaba baldado y lo llevaba a cuestas y descansé en este Peñón de Uribe, antes de ingresarlo en el hospicio - Y su voz apagada se deshizo en lágrimas.
Un escalofrío de emoción sintió el obrero, al mismo tiempo que sus ojos se anegaban de lágimas, y cargando rápido con el cuerpo del anciano, le dijo con voz entrecortada:
- Volvamos pronto a casa, padre, confiemos en Dios que no nos faltará. No quiero que en los días de mi vejez alguno de mis hijos descanse también en el Peñón de Uribe, cuando me traiga al hospicio.
El abuelo se abrazó con cariño al cuello de hijo, en señal de gratitud, por no verse ya abandonado... moriría al lado de los suyos.
El jornalero, con la alegría en el corazón y turbia la mirada por el llanto, deshacía con rapidez el camino, para llegar cuanto antas a su casa. Ahora la carga le resultaba más ligera."

Desaprecido ya el Peñón de Uribe, queda de él un recuerdo imborrable de esta lección ejemplar, que el pueblo repite siempre conmovido.


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